El triunfo de los “padres helicóptero”: pasamos mucho más tiempo con nuestros hijos que hace 50 años

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Imagen: benofthenorth/Unsplash

Dos tendencias han caminado en paralelo durante las últimas décadas, quizá de forma contraintuitiva. Por un lado, el descenso de la natalidad. La  incorporación de la mujer al mercado laboral, el cambio de preferencias sociales entre las nuevas generaciones y el retraso de la edad adulta, condicionada por factores económicos y culturales, ha desplomado los nacimientos en los países occidentales (y poco a poco, en el resto de países). Por otro, el tiempo que pasamos con nuestros hijos se ha disparado.

Los datos. Los reúne en este estupendo gráfico Our World in Data, recabados a su vez de un estudio sobre paternidad y usos del tiempo elaborado por dos sociólogas. El trabajo recoge diversas encuestas elaboradas entre 1965 y 2012 en múltiples países, y compara sus resultados tras ajustar por particularidades demográficas. Un patrón emerge: los padres están pasando hoy mucho más tiempo con sus hijos que hace cinco décadas. Tanto las mujeres como los hombres.

En azul, el tiempo que dedican las madres. En rojo, el que dedican los padres. (Our World in Data)

Al alza. Descontando dos excepciones (Francia, cuyos padres ya pasaban un tiempo relativamente alto con sus niños cincuenta años atrás; y Eslovenia, donde las cifras se han sostenido a lo largo del tiempo), todos los demás países dedican más tiempo a jugar, educar o socializar con su descendencia. Es algo especialmente evidente en Dinamarca, Italia, Reino Unido o España. Y se da a todos los niveles sociales, tanto en las familias con estudios superiores (con más tiempo libre y de ocio) como en las que no.

¿Qué sucede? Puede parecer contradictorio. Durante el mismo periodo de tiempo en el que las mujeres occidentales han dejado de tener hijos por priorizar otras actividades (laborales, culturales), es decir, por priorizar un uso distinto de su tiempo, están dedicando más atención a la descendencia que sí tienen. Para entenderlo es importante diferenciar entre las tendencias demográficas y las pedagógicas. La natalidad ha caído, sí, pero también se han impuesto tesis educativas más interdependientes.

Tendencias. La forma en la que educamos y guiamos a nuestros hijos varía en función de la época y el contexto cultural. Es sencillo entrever los contrastes si nos fijamos en las ideas establecidas siglos atrás, cuando el castigo corporal aún se consideraba admisible y efectivo. Pero también si acudimos a mediados del siglo pasado, justo antes de que las tesis “autoritarias” (padres duros, muy severos, que exigen obediencia plena) cayeron en desgracia por ideas más libertarias.

Entre los sesenta y setenta se institucionalizaron ideas más libres sobre la enseñanza padre-hijo, siendo Maria Montessori el ejemplo más clarividente de este proceso. Un tono más permisivo, que habilitara a los hijos a elegir con mayor libertad su camino y sus preferencias, se impuso en las nuevas generaciones de progenitores.

Helicópteros. Aquel paradigma no ha sobrevivido a nuestros días, no al menos de forma generalizada. Lo explora este trabajo de Voxeu: desde entonces, una mezcolanza de ambas ideas, un enfoque “autoritativo”, se ha popularizado entre los padres de nuestra era. Ni la rigidez de antaño ni el libertarismo posterior: una síntesis que intenta influenciar en las elecciones de los hijos por medio del razonamiento y del moldeo de sus valores. Un proceso de convicción, no de orden y disciplina.

Esta aproximación ha quedado cristalizada en el término “padres helicóptero”, por su necesidad de tutelar (sobrevolar) de forma permanente las elecciones y el camino educativo y pedagógico de sus hijos. Es una tendencia que lleva creciendo desde mediados de los noventa y que revela las ansiedades de los padres por preparar y posicionar a sus hijos del mejor modo posible de cara a su futuro laboral. Es una forma de educar exhaustiva y codependiente. Y que requiere de mucho más tiempo.

Hiperocupados. Sí, tenemos menos hijos. Y sí, pasamos más tiempo con ellos cuando los tenemos. Desde este punto de vista y pese a la aparente contradicción, la “maximización” de los recursos dedicados a la descendencia tendría sentido. También casaría bien con los crecientes niveles de ansiedad y presión que sufren los hijos (todas esas actividades extraescolares, fruto también de la dificultad para conciliar trabajo y vida paternal) y de cansancio que manifiestan los padres, agotados.

Fuente: magnet.xataka.com

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