Pocas veces se ha hablado tanto de metodologías educativas y, al mismo tiempo, pocas veces tantos docentes han expresado su incertidumbre sobre cómo enseñar. Mientras se multiplican las propuestas de innovación, las herramientas digitales y las nuevas estrategias didácticas, una sensación de desconcierto parece recorrer silenciosamente muchas aulas.
No siempre se trata de resistencia al cambio. Tampoco de falta de formación. En ocasiones, se debe a la percepción de que las referencias con las que aprendimos a enseñar ahora no encajan del todo con el mundo en el que nos encontramos: una actividad que hace unos años habría funcionado razonablemente bien ya no genera el mismo interés. Y aunque muchos docentes incorporan nuevas herramientas porque sienten que deben hacerlo e intentan comprender qué necesitan los alumnos al final suceden dos cosas: no encuentran en ellas una respuesta definitiva y deben seguir tomando decisiones sobre qué enseñar, cómo hacerlo, qué priorizar y qué dejar fuera. Pero, ¿y si esta incertidumbre tiene otra raíz? Me refiero a la consecuencia de enseñar en una sociedad que está cambiando más rápido que muchos de los marcos desde los que aprendimos a educar.
¿Qué es exactamente lo que ha cambiado?
Cuando se habla de las dificultades que afronta hoy la escuela, es habitual señalar a las pantallas, las redes sociales, la IA o la disminución de la capacidad de atención. Sin embargo, existe el riesgo de confundir los síntomas con el fenómeno de fondo. Porque, más allá de la tecnología, lo que parece estar variando es la manera en que nos relacionamos con el conocimiento, el tiempo y los demás porque vivimos en una sociedad que produce información de forma constante; que acelera los ritmos de comunicación; y que multiplica los estímulos a los que estamos expuestos.
Esta transformación no sucede fuera de la escuela. Entra cada mañana por la puerta del aula. Los estudiantes llegan después de haber interactuado en entornos digitales donde la información es inmediata y abundante. Los docentes, por su parte, intentan desarrollar su trabajo en un contexto en el que las expectativas sobre la educación parecen crecer al mismo ritmo que se multiplican las herramientas y demandas. Quizá, por eso, muchos de ellos poseen la impresión de que ya no basta con dominar una metodología o una serie de recursos didácticos. Lo que está en juego no es solo cómo captar la atención de los alumnos o cómo incorporar nuevas tecnologías al aula. La cuestión es más profunda: se trata de comprender qué significa aprender en un contexto social diferente al que dio forma a gran parte de las prácticas educativas que todavía utilizamos.
Cuando las metodologías dejan de ofrecer certezas
Basta con asomarse a cualquier conversación educativa para comprobar la cantidad de metodologías al alcance de los docentes: aprendizaje basado en proyectos, aprendizaje cooperativo, gamificación, aula invertida, aprendizaje-servicio… La lista no deja de crecer, pero muchos tienen la sensación que ninguna de ellas termina de responder del todo a las preguntas que les plantea la realidad de su día a día.
Quizá esto ocurre porque esperamos de las metodologías algo que nunca pudieron ofrecer. A menudo hablamos de ellas como si fueran herramientas capaces de resolver por sí mismas los problemas educativos, cuando en realidad siempre han dependido del contexto en el que se aplican, de los alumnos con los que se trabaja y de los objetivos que se persiguen. El educador y filósofo brasileño Paulo Freire ya lo expresó con claridad cuando escribió que enseñar no consiste en transferir contenidos de una persona a otra. Más allá de la frase, lo importante es la idea que contiene porque educar nunca ha sido una actividad técnica. Quien enseña, trabaja con personas. Y las personas cambian, al igual que los contextos y las formas de relacionarse con el conocimiento.
Por eso tal vez resulte tan difícil encontrar una metodología capaz de ofrecer certezas duraderas. No porque las metodologías sean inútiles, sino porque la educación siempre ha sido más compleja que cualquier método. El investigador Philippe Meirieu lleva décadas insistiendo en algo parecido. Cuando recuerda que los estudiantes no son productos que se fabrican, sino sujetos a los que acompañamos en su crecimiento, está cuestionando una lógica que aparece con frecuencia en los discursos educativos contemporáneos: la idea de que existe una relación directa entre aplicar una metodología determinada y obtener un resultado concreto.
La experiencia cotidiana de muchos docentes parece decirnos otra cosa. Por ejemplo, una propuesta que funciona en un grupo puede fracasar completamente en otro. O una actividad que despierta interés en un curso puede dejar de hacerlo al siguiente. Asimismo, lo que ayer parecía una respuesta convincente hoy genera nuevas preguntas. Y quizá ahí resida una parte importante de la incertidumbre actual. Durante mucho tiempo, las metodologías ofrecieron algo más que herramientas. También proporcionaban referencias relativamente estables para interpretar la práctica educativa. Hoy, en cambio, muchos profesores poseen la sensación de que esas referencias se mueven al mismo tiempo que intentan utilizarlas. La cuestión ya no consiste únicamente en elegir entre una metodología u otra. Lo que parece estar en juego es la dificultad creciente para encontrar criterios sólidos desde los que tomar esa decisión.
La pregunta que todavía no hemos respondido
¿Para qué y desde qué papel enseña hoy un docente? Antes, transmitía conocimientos, guiaba el aprendizaje y actuaba como mediador entre el alumnado y la cultura. Pero las transformaciones de las últimas décadas y los cambios sociales y tecnológicos han alterado profundamente algunas de las condiciones sobre las que se sostenía esa función, y por este motivo es difícil encontrar respuestas definitivas. No porque falten metodologías o porque el profesorado haya dejado de formarse, sino porque la propia pregunta está cambiando. Estamos intentando comprender qué presencia, qué acompañamiento y qué papel necesita el alumnado de una sociedad que ya no se parece a aquella para la que fueron pensadas muchas de nuestras referencias educativas. Seguiremos hablando de metodologías, y seguramente debemos hacerlo. Pero quizá la pregunta más importante todavía esté esperando su turno: qué significa educar cuando el mundo para el que aprendimos a enseñar ya no existe.
Fuente: educaciontrespuntocero.com

