Llevo enseñando el tiempo suficiente como para reconocer cuándo algo fundamental está cambiando en el aula. Últimamente, ese cambio se repite en mis clases con una sola palabra: ¿por qué?
¿Por qué hacemos esto? ¿Por qué importa? ¿Por qué debería importarme?
Al principio, puede parecer resistencia, el tipo de desafío que antes se confundía con desafío. Pero yo no lo veo así. Cuando los estudiantes de la Generación Z preguntan «por qué», no cuestionan la autoridad; cuestionan el significado. Intentan comprender si lo que se les pide aprender se alinea con un mundo que ya se siente saturado de información, competencia y contradicción.
Y tienen razón en preguntar.
La Generación Z ha crecido rodeada de mensajes constantes, algunos genuinos, otros vanos. Han visto a empresas predicar un propósito mientras buscan ganancias, a influencers proclamar autenticidad mientras filtran la realidad, y a instituciones hablar de salud mental mientras premian el agotamiento. Así que, cuando entran a un aula, no buscan rendimiento. Buscan pruebas.
En muchos sentidos, el «por qué» ha sustituido al tradicional gesto de levantar la mano. Es la nueva señal de compromiso, no de desapego. Estos estudiantes no se rebelan por deporte; buscan relevancia. Cuando preguntan «por qué», nos piden que les mostremos la conexión entre el conocimiento y el propósito.
Para los educadores, esto es emocionante y desafiante a la vez. El antiguo contrato de aula podría ya no ser suficiente. La Generación Z espera transparencia a cambio de confianza. Quieren saber no solo qué están aprendiendo, sino también cómo se conecta con la persona en la que se están convirtiendo. Esta expectativa está transformando la forma en que muchos de nosotros enseñamos.
He notado que cuando me tomo el tiempo de explicar por qué hacemos algo, aunque sea brevemente, la participación aumenta. No tiene que ser un discurso ni una diapositiva titulada «Por qué es importante». Pueden ser unas cuantas frases entrelazadas: «Usarás esto cuando lideres un equipo algún día» o «Esto te ayudará a comprender cómo funciona realmente la estrategia en un entorno empresarial». Enmarcar el propósito de pasada suele ser más efectivo que cualquier declaración formal. Les dice a los estudiantes que hay una intención detrás de lo que se les pide que hagan.
Y cuando la conexión no es evidente, intento que el proceso de aprendizaje sea transparente. Les cuento por qué diseñé un proyecto en particular o cambié una tarea del semestre pasado. Explico mi razonamiento como me gustaría que un mentor explicara el suyo: no para justificar, sino para incluir. Una vez que ven el cuidado que se pone en el diseño, su tono cambia del escepticismo a la curiosidad.
Nueva perspectiva
Ese cambio ha transformado mi mentalidad como instructor. He empezado a ver mi rol menos como impartir contenido y más como un ejemplo de reflexión, la misma que les pido a ellos. No tengo que declarar la importancia de una tarea; puedo demostrarla conectándola con un propósito más amplio, preocupándome visiblemente por ella.
Cuando las cosas no salen a la perfección, también he aprendido a reconocerlo. Solía pensar que admitir la incertidumbre debilitaría la credibilidad. Resulta que tiene el efecto contrario. Cuando les digo a mis alumnos: «Todavía estoy experimentando con cómo enseñar esto», no pierden la confianza, sino que se esfuerzan. Respetan la honestidad porque refleja su propia experiencia al descubrir las cosas.
Esa es la verdadera corriente subyacente: la autenticidad ha reemplazado a la autoridad como motor clave de la credibilidad. La Generación Z no confía automáticamente en los títulos ni en la experiencia; confía en la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Han sido engañados demasiadas veces por instituciones que predicaban un conjunto de valores y practicaban otros. En el aula, buscan algo más sencillo: profesores que digan lo que dicen.
Esto no significa bajar los estándares ni ceder a la comodidad. En todo caso, se trata de aumentar las expectativas. Cuando los estudiantes creen que algo tiene sentido, se esfuerzan más. Lo he visto cuando mis estudiantes analizan desafíos empresariales reales en lugar de hipotéticos, o cuando presentan sus hallazgos a líderes empresariales locales en lugar de solo a mí. Son más perspicaces, más comprometidos y más dispuestos a superarse cuando lo que está en juego es real.
Incluso los pequeños actos de transparencia generan confianza. Explicar por qué la retroalimentación se presenta de cierta manera o por qué la participación es importante ayuda a los estudiantes a comprender que la estructura existe por una razón. Puede que no siempre estén de acuerdo, pero rara vez se desconectan.
Superar la actitud defensiva
Claro, este enfoque puede ser agotador. Hay días en que los «porqués» parecen incesantes, cuando cada pregunta parece exigir otra explicación, y te preguntas si alguna vez te creerán sin más. Pero con el tiempo, he llegado a ver su escepticismo no como desafío, sino como discernimiento. No intentan derribar el sistema; intentan darle sentido.
Cuando un estudiante pregunta: «¿Por qué hacemos esto?», en realidad está diciendo: «Ayúdenme a comprender el punto». Eso no es cinismo. Podríamos llamarlo curiosidad con estándares más altos. Y si podemos responder a esa pregunta con apertura en lugar de a la defensiva, el aula se convierte en un espacio de indagación compartida en lugar de autoridad reservada.
Hay una ironía en todo esto. La misma generación acusada de estar distraída es, en muchos sentidos, la más centrada, pero no en lo que los antiguos modelos educativos asumían que importaba. Se centran en el significado. Quieren claridad, equidad y coherencia, pero también buscan un sentido de humanidad tras todo ello. Anhelan profesores que enseñen como personas, no como políticas.
Quizás esa sea también la lección para nosotros. Si la Generación Z se pregunta «¿por qué?», quizá deberíamos empezar a planteárnoslo nosotros mismos, no como un desafío, sino como una reflexión. ¿Por qué enseñamos como lo hacemos? ¿Por qué calificamos así? ¿Por qué definimos el aprendizaje en estos términos?
Enseñar a una generación que lo cuestiona todo no es fácil. Pero no es resistencia, es renovación. Su «por qué» nos invita a redescubrir el nuestro.
Fuente: Jeff LeBlanc / theconversation.com

